Diseño productos digitales, pero si te soy sincero, lo que realmente hago es observar sistemas, ordenar el caos y descifrar la forma más simple y natural en que las personas interactúen con la tecnología.

De niño podía pasarme minutos enteros tratando de entender por qué algunas hormigas caminaban como soldados mientras que otras se movían rápido y en direcciones que parecían no tener sentido. En los días lluviosos, me paraba sobre el sillón —ese de estampado floral verde con blanco, tan típico de los años 80´— a buscar patrones en los hilos de agua que corrían por mi calle, una pendiente aún sin pavimentar. Intentaba cazar el momento exacto en que dos nubes chocaran para entender cómo nacía un rayo y, si el trueno era demasiado fuerte, buscaba refugio con mis padres.

Cuando salía a jugar a ese terreno que tenía la obra inconclusa de una mega cisterna, rodeada de árboles y tierra, me tomaba las cosas muy en serio. No me bastaba con imaginar que era un ninja o un soldado; necesitaba que la experiencia fuera inmersiva. Me armaba con capas, botas, pantalones militares, espadas o zapatos de ninja. Si iba a crear un universo, tenía que cuidar cada accesorio para que se sintiera real.

Cuatro décadas después, me doy cuenta que sigo haciendo lo mismo. Esa curiosidad infantil se transformó en una obsesión total por el detalle. Te lo digo en serio, tengo un problema con ellos; no sé ignorarlos.

Mi convicción es que la empatía es el núcleo de cualquier proyecto colaborativo. Si un sistema o producto hace sufrir a quien lo usa, el diseño falló.

Esa búsqueda de estructura y balance no se queda solo en las pantallas; es el eje de mi vida. Mi familia es la fuerza, la inspiración que me mantiene enfocado. Por eso, cuando no estoy trabajando en algún proyecto, intento encontrar ese mismo equilibrio fuera de la tecnología: tocando el bajo eléctrico, haciendo experimentos con el sintetizador, masterizando el arte de un buen espresso o latte con esa pequeña máquina de café, y si tengo la oportunidad busco la forma de estar en el frío de un bosque con aroma a pino, fogata y tierra mojada.

Si entras a mi espacio de trabajo, probablemente me encuentres puliendo flujos de interacción, estructurando un análisis de investigación o imprimiendo alguna tarea del colegio. Siempre con una taza de café al lado, mientras de fondo suenan ritmos lo-fi, chill, música clásica o un soundtrack de Hans Zimmer. Diseñando con calma, pero apuntando a la precisión.

Abraham Asarel Cruz Tejada

Abraham Asarel Cruz